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EL RADIOAFICIONADO PATITIESO

EL RADIOAFICIONADO KAFKIANO

EL RADIOAFICIONADO KAFKIANO

AVISO.- En el cuento que va a leer se relata la historia de un personaje arquetípico Un arquetipo (del griego αρχη, arjé, "fuente", "principio" u "origen", y τυπος, typos, "impresión" o "modelo") es el patrón ejemplar del cual otros objetos, ideas o conceptos se derivan. El uso de modelos ha sido muy frecuente en la literatura de todos los tiempos. Platón ya los usaba y se hicieron muy populares durante el Romanticismo del siglo XIX. Carl Gustav Jung reintrodujo el término en psicología para designar cada una de las imágenes originarias constitutivas del "inconsciente colectivo" y que son comunes a toda humanidad (por ejemplo Viejo Sabio). En la modernidad, Locke dice que los arquetipos son ideas, que no tienen semejanza con ninguna existencia real, ni con la nuestra ni con la de los objetos externos. Concibe el espíritu los arquetipos mediante la reunión arbitraria de los conceptos simplicísimos, sin que puedan ser por lo tanto copias de las cosas.Queda por lo tanto, claro que la historia que a continuación relato NO se refiere a nadie en concreto. El Zafio es un personaje absolutamente  imaginario cuyo único fin es el de hacernos reflexionar y llevarnos a conclusiones morales sobre los comportamientos estereotipados que pudieran darse en nuestra microsociedad de radioaficionados. Todos los personajes y situaciones son ficticios, nacidos de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es una simple coincidencia. Quien quiera ver más allá de lo que escribo o desee imaginar falsas comparaciones, estará completamente equivocado. 

EL RADIOAFICIONADO KAFKIANO

Era un palurdo y lo sabía desde que tuvo uso de razón, por eso siempre se dedicó a zanganear, buscando bronca donde pudiera sacar algún beneficio. Ahora, ya viejo, se entretenía pasando las horas frente al televisor, sin embargo, el programa literario que estaban dando le aburría soberanamente. No tenía ni pajolera idea de quien era ese tal Gregor Samsa ni entendía nada se su extraña aventura. De pronto, le entró un sueño insoportable, y casi sin darse cuenta, se quedó profundamente dormido. No recordaba cuanto tiempo estuvo en el limbo de Morfeo, pero cuando despertó notó una sensación extraña. Intentó levantarse de su viejo y apolillado sillón pero no lo consiguió. Era como si no tuviera piernas. Quería acercarse al baño para refrescarse la cara, a ver si se le pasaba aquel estado de estupor, así que se balanceó cada vez con más fuerza hasta que perdió el equilibrio y se dio de bruces contra el suelo. Como pudo se arrastró hasta el lavabo.

Durante el camino pasó por delante del quebrado espejo que había en la parte interior del armario donde guardaba su poca ropa y así, por el rabillo del ojo, vio una figura que le espantó. Era un ser deforme, o al menos de una forma totalmente diferente a la suya. Permaneció quieto unos instantes y, viendo que aquella cosa no se movía, se atrevió a mirarlo con más detenimiento. Era muy raro. Parecía que sólo estuviera formado por una gran boca sin dientes, a través de los cuales se entreveía una lengua bífida. No tenía orejas ni siquiera un cráneo donde albergara algún tipo de cerebro rudimentario. Nada. Casi pegado al labio superior había un único ojo, pero metido en el fondo de una especie de pozo. No supo porqué razón pensó que aquel ojo sólo le permitía una visión muy limitada, como si estuviera metido dentro de un largo y oscuro túnel. Posiblemente carecía de perspectiva y profundidad.

Un poco más confiado, siguió mirando cada vez con más atención aquel ser que veía reflejado en el espejo. Debajo de la boca había una especie de masa de carne flácida, partida en dos partes, a derecha e izquierda de la boca con la divisoria en la parte inferior. Instintivamente lo asoció a unas enormes nalgas sentadas e inmovilizadas largo tiempo, sin posibilidad o ganas de moverse. De la parte derecha de aquel cuerpo deforme salía una especie de apéndice delgado y largo, que mediría unos cincuenta o sesenta centímetros y, al final, se fijó en lo que parecía una especie de garra formada por dos dedos en oposición, formando una U.

Aquel ser lo miraba con la misma curiosidad con que él lo observaba a su vez. Discretamente intentó moverse ligeramente y aquello se movió al unísono. Aquella coincidencia le estremeció. Probó de nuevo y, cada vez que  ensayaba un movimiento, la masa formada por la gran boca, nalgas y brazo, le imitaba.

Desazogado gritó con todas sus fuerzas para llamar la atención de alguien para que acudiera en su ayuda. Sus gritos surtieron efecto y notó como la puerta de su habitación se abría y una figura entraba hasta colocarse dentro de su campo de visión, justamente entre aquel ente y él. No reconoció al personaje, pero parecía que él si le conocía porqué lo saludó por su nombre, preguntando qué le pasaba. Extrañado que no viera el motivo de su desasosiego, le señaló hacia el lugar que ocupaba el extraño ser y le preguntó si podía decirle a qué se debía aquello.

La figura, cuya cara no podía ver porqué iba envuelta en una especie de manto con una capucha que ocultaba su rostro, le dijo con una voz profunda: -Eres tú, o mejor dicho, es tú reflejo en el espejo-.

¡Cómo podía decir aquella barbaridad. Él sabía muy bien como era. No es que presumiera de cuerpo hermoso, pero estaba seguro que en el poco tiempo que se había quedado dormido no había podido transformarme en aquella deformidad. -No es tu cuerpo físico lo que ves, sino tu cuerpo de radioaficionado- le explicó la misteriosa figura.

-Pero, ¡cómo es posible que digas estas cosas!- exclamó furioso. -Yo no soy así.   
-Tal vez creas que no eres así-, siguió hablando el encapuchado, -pero es cómo te ven los demás cuando les dices que eres radioaficionado- -¡Venga ya, hombre, o lo que seas! Estoy seguro que esto es un sueño del que  pronto despertaré y podré volver a mis equipos y antenas para hablar con mis amigos...

-Tienes razón, pero no por ello los demás dejarán de verte bajo esta forma. Fíjate bien. Tienes mucha boca, pero careces de orejas, porqué hablas mucho y escuchas poco. Tu lengua es doble, porqué hablas con dobleces, pero te faltan dientes para morder. Careces de piernas porqué no las usas para moverte fuera de tu pequeño mundo, pero en cambio tienes unas posaderas enormes que te permiten sentarte horas y horas sin moverte. No ves tu cráneo porqué no necesitas albergar un cerebro que te ayude a reflexionar. Tu ojo miope tiene muy limitado el campo de visión porqué no te interesa nada más allá de tus pequeños límites, y tú único brazo sólo tiene fuerza para levantar un pequeño micrófono que sujetas con estos dos dedos adaptados exclusivamente para apretar el botón que tu llamas peteté-.

Su ojo ciclópeo se humedeció pero, con un esfuerzo titánico acertó a decirle a la fantasmal figura -¡Y para qué quiero más! Cada uno hace su propia radioafición. Si yo soy feliz con esto, ¿para que necesito reflexionar? ¡Que reflexionen ellos! ¡Qué me importa que la radioafición haya sido algo más! Esto es lo que hay ahora. Es mí entretenimiento. Soy aficionado a esto como podría serlo al vino tinto. ¡Qué más da! Qué manía tienen algunos en buscar algo más en una cosa que carece de la menor trascendencia. ¡Qué sólo quiero pasar un rato agradable hablando por radio, joder, nada más!- Gritó estentóreamente y añadió a grito pelado -¡Deja ya de incordiar con tu sicología barata!

La figura enlutada dio un paso atrás entre un revoloteo de pliegues de su capa y, señalándole con su dedo acusador, rugió -¡Yo te maldigo, zafio. Tendrás lo que te mereces!- y sin darle tiempo a recuperarse del susto, desapareció entre un estruendo de tracas.

Se despertó sobresaltado en medio de un espasmo muscular, propio de su edad, derribando el vaso de agua que tenía encima de la mesa, justo sobre su equipo de radioaficionado. Un chisporroteo seguido de una leve humareda y cierto olor a quemado le anunció que le esperaba un viaje a la tienda de reparaciones para que arreglaran su flamante transceptor recién adquirido. Por suerte, el ordenador conectado a internet supliría ampliamente su falta, gracias al programa informático que le permitía conectarse a la conferencia mundial sin las veleidades de la propagación, que ya le tenía harto de esperarla durante once largos años.

Sin embargo, no conseguía quitarse de la cabeza aquel extraño sueño. Porque... ¿fue un sueño, verdad? Para asegurarse, se levantó del sillón, o al menos lo intentó. No sentía las piernas. Probablemente se le habían quedado dormidas por alguna mala postura, así que se balanceó para darse impulso y, sin poderlo evitar se dio de bruces contra el suelo. Necesitaba mojarse la cara para despejarse. Se arrastró como pudo hacia el cuarto de baño y cuando pasaba justo ante el espejo del armario se vio, y recordó la maldición; -Yo te maldigo, zafio...-, y en su mente se repetía insistentemente zafio..., zafio...,  zafio... ¡Tendrás lo que te mereces!- Y empezó a comprender...

 

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