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EL RADIOAFICIONADO PATITIESO

EL FILÓSOFO DESINFORMADO

EL FILÓSOFO DESINFORMADO

José Ángel GARCÍA LANDA, de la Universidad de Zaragoza escribe un bonito y denso artículo titulado Los blogs y la narratividad de la experiencia (1). En uno de sus párrafos hace este comentario fuera de lugar:

“En el caso de los blogs es importante la aparición del produsage, "produso", mezcla de uso y producción, y esto es a la vez algo posibilitado por la tecnología y demandado por los usuarios, que favorecerán la adopción de las tecnologías que cubran estas necesidades sociales de comunicación. Tecnologías hay muchas, pero lo crucial no es que existan, sino que se difundan y sean adoptadas. Si los blogs son fantásticos pero a la gente le va más Twitter porque se presta más al SMS, pues Twitter que tendremos (¡¡espero que no!!), y los blogs se quedarán para filatelistas, esperantistas y radioaficionados, y otras personas con problemas de socialización. (sic) José Ángel GARCÍA LANDA es Master of Arts en Inglés por la Universidad Brown (Providence, Rhode Island, USA) y Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Zaragoza. Es Profesor Titular de Filología Inglesa en la Universidad de Zaragoza (España) desde 1992. Sus líneas de investigación son la teoría literaria y la narratología. Es autor de los libros Samuel Beckett y la narración reflexiva (Prensas Universitarias de Zaragoza, 1992) y Acción, Relato, Discurso: Estructura de la ficción narrativa (Ediciones Universidad de Salamanca, 1998). Ha coeditado Narratology (Longman Critical Readers; Addison Wesley Longman, 1996) y Gender, I-deology: Essays on Theory, Fiction and Film (Rodopi, 1996,). Fue director (1992-99) de la revista Miscelánea: A Journal of English And American Studies (Universidad de Zaragoza), y ha publicado artículos en Atlantis, Papers on Language and Literature, English Language Notes, European Journal of English Studies y otras revistas de Filología, así como diversos capítulos de libros académicos. 

José Ángel García Landa tal vez sepa mucho de blogs, pero no tiene ni idea de lo qué es la radioafición. ¿O sí...?

(1) http://www.unizar.es/departamentos/filologia_inglesa/garciala/publicaciones/losblogs.html

RADIOAFICIONADOS PROSELITISTAS

RADIOAFICIONADOS PROSELITISTAS

El Dalai-lama ha visitado Barcelona y ha sido objeto de un importante  seguimiento mediático, no en vano a la conferencia del lunes acudieron más de 12.000 personas. Tenzin Gyatso es un hombre sabio y prudente, no sé si por su condición de religioso o por su edad, 72 años. Lo cierto es que su pensamiento aún sigue sorprendiendo a los occidentales. Un periodista de El Periódico de Catalunya se extrañaba de que el monje tibetano hiciera un llamamiento a la conservación de la propia identidad y, por tanto, a la fe espiritual consubstancial a la cultura de la cual cada uno procede. Un hecho chocante, decía el periodista, teniendo en cuenta que era de esperar que un dirigente religioso barriera hacia su casa e hiciera proselitismo, aunque fuera de manera subliminal, de las ventajas de su credo.  El líder tibetano no cae en la ordinariez del ganar adeptos diciendo que su ideario es el mejor, pero los radioaficionados seguimos proclamando la necesidad de llevar a cabo acciones de captación de nuevos aficionados.  En vez de preocuparnos por desarrollar una radioafición de mayor calidad, preferimos ocuparnos de la cantidad. Esto es un error que hace tiempo venimos pagando sin que los dirigentes políticos de la radioafición admitan la equivocación, probablemente más inquietos por la reducción de los ingresos por cuotas que por dotar la radioafición de capital humano.  Mientras nos lideren personas con tan poca capacidad de análisis, jamás lograremos dar a la radioafición el prestigio que se merece.   

SECOND LIFE, la última oportunidad para la Radioafición

SECOND LIFE, la última oportunidad para la Radioafición

MATRIX ya está aquí, sólo que ahora se llama Second Life. Pero, ¿qué es Second Life? Es una segunda vida. Por si no teníamos suficiente en vivir nuestra propia vida, ahora Second Life nos ofrece la oportunidad de vivir una nueva vida virtual, eso sí, sin dejar de vivir la real (de momento). Second Life,  el invento de Philip Roseadle, es más que un videojuego, es un nuevo universo.  En 2003, Roseadle fundó Linden Lab <http://lindenlab.com/>, la empresa propietaria de Second Life. Su objetivo era crear un 'metaverso', tal y como se describe en la novela 'Snow Crash'. Hacerse ciudadano de Second Life es gratis, basta con registrarse <http://secondlife.com/> en su página web, y descargar e instalar el programa. Con esto, y una buena tarjeta gráfica, se puede entrar en un mundo donde todo es posible. Dicen que Second Life es un multijuego on-line, pero es mucho más que eso. Second Life ofrece algo que nadie más ha hecho hasta hoy; la oportunidad de inventarse una nueva vida distinta en un mundo nuevo donde todo está por hacer. En Second Life, cada uno/a es como desea ser y es visto como desea que lo vean.  Hace unos meses la revista Time eligió Second Life como una de las 5 peores web http://www.time.com/time/specials/2007/article/0,28804,1638344_1638341_1633628,00.html Al parecer, muchas empresas quisieron aprovecharse de la publicidad gratuita para montar allí sus tiendas virtuales, que vendían productos también virtuales pero pagadas con dinero real. Eso es un pobre argumento para condenar a Second Life, más bien es consecuencia del inmenso afán de lucro del neocapitalismo que pretende sacar dinero de debajo las piedras. Precisamente, una de las mejores virtudes de Second Lifes es que permite vivir y viajar sin dinero. Sólo pagas los caprichos, pero vivir es gratis, como debería ser en la vida real. Second Life debería ser un lugar de encuentros sociales, culturales y educativos. Diversas universidades, entre ellas la Universidad de Barcelona, UB, ya tienen sede en Second Life e imparten diversos cursos http://www.il3.ub.edu/es/detail/course/195.html Que una universidad con el prestigio de la UB esté presente en Second Life es una garantía mucho mayor que la opinión de algunos redactores de la revista Time. Second Life está creciendo. Cada día aparecen noticias y novedades pero, hasta el día de hoy, aún no existe ninguna asociación de radioaficionados que tenga un lugar de reunión en esta segunda vida. ¿Qué pasa? ¿Acaso los radioaficionados estamos realmente caducos y somos incapaces de aprovechar las oportunidades que nos brindan las nuevas  tecnologías? Me temo que sí, a la vista de las personas que dirigen las diversas asociaciones. La radioafición virtual en Second Life NO  es debería ser nada parecido a la horterada telefónica de Echolink o similares. Second Life debería ser un lugar donde explicar la radioafición a los miles de visitantes que deambulan por sus espacios infinitos buscando algo que les entretenga. Si los radioaficionados fuésemos lo suficientemente listos, ya tendríamos un lugar desde donde hablar de nuestra afición, hacer demostraciones virtuales, ofrecer cursillos, etc. Me temo que esto no será así. Llegaremos tarde a las nuevas tecnologías porqué la radioafición está en manos de personas demasiado conservadoras. Tenemos la radioafición que nos merecemos porqué hemos delegado nuestra responsabilidad individual en dirigentes que están más preocupado por conservar su sillón que por arriesgarse, sólo un poco, poniéndose a la cabeza de la modernidad.  Second Life nos espera. ¿A qué estamos esperando?       

¡OH, NO, OTRA VEZ FREQUENCY!

¡OH, NO, OTRA VEZ FREQUENCY!

Todos tenemos un vecino o vecina incordiante. A mi me ha tocado una viejecita angelical que siempre ha mirado con mala cara que instale antenas en el tejado del edificio en que vivimos. Hubo una temporada, cuando los periodistas desencadenaron la psicosis de las radiaciones de la telefonía móvil, que mi querida vecinita emprendió una dura cruzada para que desmantelara mi instalación. Casi lo consigue. Si no llegó al final fue porqué la antena parabólica de los del cuarto, los aparatos de aire acondicionado de los del tercero, segundo y primero, los toldos multicolores de los del quinto y el sexto y, la terraza cubierta de los del ático, amén de los tres gatos y los dos realquilados de la viejecita, eran quienes estaban, en realidad, en la más absoluta ilegalidad. Esto los detuvo, no mis documentadas explicaciones, que no entendían o no querían entender.

De cualquier manera, mi viejecita siempre me miraba muy sería cuando nos encontrábamos en el ascensor y, algunas veces, se quejaba de dolores de cabeza o resfriados imaginarios, cuando se celebraba la reunión de vecinos y, muy sutilmente, los achacaba a las radiaciones “esas” Como el resto de vecinos ya habían sido informados de la completa legalidad de mi instalación, tanto por el administrador de la finca, como por los servicios técnicos de la Jefatura Provincial de Telecomunicaciones, se limitaban a sonreír y comentarle lo bien que se veía a pesar de sus presuntos achaques, cosa que ella agradecía finalmente con una sonrisa coqueta.

Pero anoche todo cambió. Era la noche del primer domingo del nuevo año y por la tarde, una de las cadenas de televisión había programado, una vez más, diversas películas sentimentaloides, para acrecentar los deseos navideños y consumistas de los espectadores. Como ya habían quemado la serie de “los fantasmas que atacan al jefe” y sus sucedáneos, buscaron algo que, sin ser estrictamente dedicado a la navidad, al menos tocaba la fibra sensible de algunos espectadores. Desconozco cuales fueron los criterios para escoger la película “Frequency” pero, a media tarde se consumó, una vez más la proyección de este aberrante e indocumentado film.

No voy a comentar su escandaloso argumento, que gira en torno a una imposible y esperpéntica radiocomunicación entre un padre, fallecido hace más de veinte años, con su  hijo, sumido en un mar de contradicciones y confusiones, propias del gusto norteamericano. Desconozco en que estado mental escribió, el guionista, semejante desvarío, que en tan mal lugar nos deja a los radioaficionados, que por obra y gracia de Holliwood, nos convertimos en médiums, capaces de establecer contactos con el “más allá.”

Según parece, a mi viejecita vecina le encantó, y vio “la luz” A eso de las ocho de la noche, cuando bajaba la bolsa de la basura hasta el contenedor de la esquina, coincidí en mitad de la calle con la señora que también se disponía ha hacer lo mismo, vestida con su batita de boitiné y sus zapatillas forradas de lana, con una diminuta bolsa en su mano, que lucí el logo de un supermercado del barrio. Al principio casi no la miré. Me limité a saludarla educadamente y acelerar el paso, con la intención de adelantarme para evitar la vuelta juntos. Prefería subir a pie los cinco pisos antes que hacerlo en el ascensor, junto a ella y su eterno resentimiento por culpa de mi antena.

Pero la abuelita me superaba ampliamente en experiencia y, cuando yo iniciaba mi apresurada retirada, se plató ante mí diciéndome:

-“¿Oiga, joven, haga el favor de esperarme. Quiero hablar con usted!”

Me frenó en seco. Acto seguido con pasitos diminutos y sin ninguna prisa, echó su bolisita al contenedor y volvió hacia mí con una sonrisa en su boca, luciendo una blanquísima y perfecta dentadura, que sus buenos dineros la había costado.

Cuando llegó a mí, me cogió del brazo y me dirigió hacia el edificio. Levantó la cabeza hacia mí y, con una nueva sonrisa me dijo:

-“Joven, usted tiene una emisora de radioaficionado, verdad?”

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Ya empezábamos de nuevo, pensé. La voluntad de la viejecita era dura como el granito, pero, algo me decía que había un cambio en su actitud. Parecía más amistosa, incluso cordial. Pero no me fiaba. Su vocecita aguda interrumpió mis pensamientos.

–“Joven, me gustaría visitarle en su domicilio para que me enseñara esta emisora. Estoy muy interesada en ver hasta donde es capaz de llegar.” Estaba tan sorprendido que no sabía que decir. Ella se impacientó y, levantando la voz insistió:

-“¿Me está escuchado usted, joven?”

-“S... sí, señora. Cuando usted desee” acerté a decir, y añadí: “-Mañana por la tarde estaré en casa...”

-“¡Estupendo, pues vendré a tomar el té a eso de las cinco!. Gracias.” Y soltándose de mi brazo, se llevó una mano a la boca profiriendo un agudo silbido que me dejó casi sordo. Inmediatamente, un diminuto perro pequinés, o algo así, apareció de detrás de un coche, corriendo alborozado en pos de su dueña. Me saludó con un ademán de su blanca mano y se alejó junto a su perro.

Durante unos instantes quedé parado en mitad de la calle, totalmente desorientado. Las luces de un automóvil me sacaron de mi ensimismamiento. Subí a mi casa y se lo conté a mi esposa. Le dio un ataque de risa y, entre carcajadas, me avisó que no volvería a dejarme bajar la basura, porqué aprovechaba para ligar con lindas señoritas.

Al día siguiente, después de comer con la familia, me dediqué a sacar el polvo depsitado encima de mis equipos de radio. Comprobé que todo funcionaba bien. Puse en marcha un viejo televisor en blanco y negro que guardaba en el fondo de un armario, para asegurarme que, incluso aquel viejo cacharro no percibía ningún tipo de interferencia y, finalmente, preparé la mesita del salón con un mantel de hilo, regalo de mi suegra, encima del cual deposité una bandeja con tazas de té, la tetera, el azucarero y un plato con galletas. Venía la vieja gruñona, y quería causarle buena impresión con la hospitalidad de mi familia, a ver si olvidaba su maldita obsesión con mi antena de radio y nos dejaba en paz de una vez.

Puntual como un reloj, sonó el timbre a las cinco en punto de la tarde. Vestido con mis mejores pantalones tejanos y bien repeinado y afeitado, abrí la puerta luciendo una cordial sonrisa, que fue correspondida con una exhibición de dentadura perfecta por parte de nuestra vecina. Sin cortarse en absoluto, entró en mi casa como si la conociera de toda la vida. En realidad, debía ser así pues los pisos son calcados unos de otros. Se aposentó en mi sillón preferido y esperó a que le sirviéramos el té. Al cabo de un rato se cansó de hablar de temas intrascendentes y fue directa al grano.

-“Ya va siendo hora que me enseñe su aparato de radio, ¿no le parece?”

Me levanté y la acompañé hasta el rincón donde tengo instalados mis equipos de radio, que no son muchos ni muy modernos, pero suficientes para lo que hago. Los miró atentamente. Me pareció que prestaba especial atención al equipo de decamétricas, un viejo trasto a válvulas, que ocupaba la mayor parte del espacio disponible. Me miró y dijo:

-“¿Vio usted la película que dieron ayer por el canal 6? Esta viejecita conseguía desorientarme cad vez que hablaba. Me quedé con la boca abierta hasta que acerté a balbucear:

-“¿Película? ¿A cual se refiere?”

-“Si hombre, a la del radioaficionado que habla con su padre muerto”

-“¡Ah, sí, digo no! Quiero decir que no la he visto, pero se de cual me habla.”

Me miró muy seria y respondió:

“Pues no debería perdérsela. Incluso debería tenerla grabada en video o deuvedé”

“Verá, señora...” respondí, -“no creo que este tipo de películas reflejen fielmente a la radioaf...”

-“Escúcheme con atención joven” me interrumpió. –“Como ya debe saber, soy viuda. Mi marido murió hace algunos años. Formábamos una muy buena pareja pero él, en los últimos meses antes de su muerte, sufrió una enfermedad que lo dejó prácticamente sin recuerdos. Sin memoria. Fueron tiempos difíciles. Él era muy meticuloso y organizado. Lo tenía todo archivado pero... ¡a su manera! Sólo él sabía donde tenía guardadas las cosas.”

Yo seguía con atención sus explicaciones pero no acertaba a ver donde quería llegar ni que relación esa historia personal  con mi equipo de radio. Pareció que se daba cuenta de ello y abrevió.

-“Pues bien, joven, viendo la película, esa que se titula “Frequency”, pensé que, tal vez,

usted podría ayudarme. Cuando mi marido murió se perdió una importante documentación. Toda la familia conoce su existencia pero nadie sabe donde está. Hemos revuelto mil veces la casa y buscado en todos los lugares, pero no aparece por ninguna parte. Necesitamos estos papeles para formalizar el testamento para mis nietos.”

-Lo entiendo, señora, pero no se que relación...” empecé a decirla pero, nuevamente me interrumpió.

-“Lo que yo quiero, es que intente usted comunicarse con mi difunto marido, o con algún radioaficionado muerto, para que nos diga donde guardó esos papeles...”

Quedé estupefacto. Sin habla. Había leído en alguna parte que ciertas personas terminan por creerse lo que ven en la televisión, pero no creía que fuera cierto. Uno puede emocionarse ante una película especialmente sentimental pero, tomar como cierto el  argumento de una película de ínfima calidad, emitida mil veces por televisión, era increíble.

No puede decirle la verdad de mis pensamientos a la abuelita. Sus ojos anegados de lágrimas, a duras penas contenidas, hicieron mella y, profundamente apenado, le respondí que haría cuanto pudiera , aunque no le aseguraba el éxito pues estas comunicaciones con el “más allá” eran muy difíciles y se necesitaban una especiales condiciones atmosféricas de propagación, que sólo sucedían muy de vez en cuando. Ella lo comprendió y agradeció con una triste pero encantadora sonrisa. Me puso la mano en el hombro y tiró de mí hacia abajo hasta tenerme a su altura. Entonces, depositó un candoroso beso en mi mejilla. Acto seguido, y como por encanto, recompuso su actitud digna y, recogiendo su bolso y abrigo, anunció que debía irse pues era la hora de preparar la cena a su perrito.

Cuando le conté el suceso a mi esposa, se le saltaron las lágrimas. A mi también pero, por otro motivo. Estaba realmente indignado con la manipulación que, constantemente, es objeto la radioafición por parte de periodistas, guionistas y miserables radioaficionados que se empeñan en hacernos aparecer como cualquier cosa menos lo que realmente somos, experimentadores de ondas electromagnéticas. ¡Qué manía tienen unos  y otros en mostrarnos como hermanitos/as de la caridad, buenos/as samaritanos/as, bomberos/as, policías, pero nunca, nunca, para lo cual obtuvimos nuestra licencia: para estudiar, investigar y experimentar con las ondas de radio.

Algunos días más tarde, llamé a la puerta de mi querida viejecita. Me hizo pasar dentro de su piso, lleno de recuerdos y allí le conté que, por mucho que lo había intentado, no conseguía ningún resultado que condujera a la resolución de su problema.

-“Ya lo se, joven. No piense que me creí lo que mostraba aquella película. Sólo quería comprobar que usted es una buena persona, dispuesta a escuchar a una vieja como yo, aunque le pida algo tan estúpido como hablar por radio con los muertos”

Quedé sin habla. Una vez más me había desorientado, pero ella, sonriendo, prosiguió:

-“Dentro de unos días voy a mudarme de piso. Iré a vivir con mis hijos, lejos de aquí. Mañana vendrán los de las mudanzas para desmantelar el piso pero, antes quería hacerle un regalo.” Se levantó y rebuscó en un armario hasta sacar con un gran esfuerzo una enorme caja, que me apresuré a ayudarle a dejar encima de la mesa camilla.

-“Ábrala, joven, es para usted”

Totalmente desconcertado, quité la tapa de la caja y en su interior apareció un aparato de radio en forma de capilla, de madera pulida y magníficamente trabajada por las manos talentosas de algún carpintero ebanista de primeros del siglo pasado.

-“Perteneció a mi padre, que fue un gran entusiasta de la radio. Adquirió uno de los primeros que se construyeron  aquí, y siempre lo he guardado como recuerdo suyo. Ahora es para usted, porqué se que sabrá valorarlo adecuadamente, no por su valor monetario, sino por lo que representa para una verdadero radioaficionado.

Tremendamente emocionado recogí de sus manos aquel valioso objeto y lo admiré con veneración. Sin poder contener las lágrimas, la abracé tiernamente. Me acompañó hasta la puerta. Nos miramos y, sin poder cruzar ninguna palabra, nos despedimos con la mirada.

Al día siguiente, ha instancias de mi esposa, decidí volver a visitar a mi nueva amiga. Llamé a su puerta y abrió un hombre con mono de trabajo, la frente sudorosa y rodeado de cientos de cajas de cartón. Era uno de los operarios de la empresa de mudanzas. Pregunté por la señora y me dijo que ya había marchado. No, no sabía cual era su dirección. Ellos tenían orden de llevar todo aquel material a un almacén de la empresa y guardarlo hasta nuevo aviso. Pregunté a los vecinos. Nadie sabía nada. Algunos hasta me felicitaron porqué suponían que me había librado, por fin, del incordio de la viejecita. No me detuve a explicarles nada. No lo entenderían. Casi no podía entenderlo yo mismo.

El aparato de radio de “capilla” estaba en perfectas condiciones de funcionamiento, y su aspecto exterior e interior era impecable, sin una mota de polvo ni arañazo. Impecable. En la parte trasera descubrí una pequeña placa metálica de color amarillo bruñido con una inscripción que decía: “A mi querida hija, para que su afición por la radio siempre la acompañe”.

Ahora, el receptor ocupa un lugar importante en la casa familiar. Mi esposa, mis hijos y los familiares más allegados conocen la historia y, cuando pasan frente al aparato, lo miran con respeto y emoción. Mientras tanto, miro a mis hijas que van creciendo en un mundo de comodidades, donde las comunicaciones son algo tan normal que han perdido toda la importancia que antaño tuvieron. Pienso si seré capaz de inculcarle el verdadero espíritu del radioaficionado y, si antes de abandonar este mundo traidor, seré capaz de dejarles un recuerdo como el que me legó mi adorable viejecita. Ahora se que a ella también le dolió la tremenda horterada de la película “Frequency”

EL REGALO ENVENENADO

Los Reyes Magos siempre habían sido mis héroes favoritos. Estos tres personajes entrañables, revestidos de santa autoridad y bondad, eran esperados año tras año, confiando plenamente es su sentido de la oportunidad. Tenía la convicción que cada uno de nosotros recibiría el regalo que se había hecho merecedor, pero... su última visita ha significado un gran trastorno. Si desean saber que me ocurrió, sigan leyendo.

VALERIA

Mis vecinos saben, desde siempre, que soy radioamateur. Nunca he tenido problemas por ello y jamás nadie me había preguntado por mi afición que, por otra parte, procuro llevar con discreción. Las antenas son pequeñas y bajas, por lo que acostumbran a pasar desapercibidas. Mi vida transcurría plácidamente hasta que alguien llamó a mi puerta y me soltó:

-“¿Eres radioaficionado?” Por un momento quedé sin habla pues hace algún tiempo que me he propuesto desterrar de mi vocabulario el término “aficionado” por un modismo más acorde como es “amateur” Con esto evito el sentido peyorativo de la palabra “aficionado”. Fíjense que cuando algo está mal hecho, siempre sale alguien diciendo: -“parece que lo haya hecho un aficionado” o, simplemente “¡aficionado!”, con toda la carga despectiva que conlleva.

Estoy perdiendo el hilo. A lo que iba. Quien preguntaba era una chiquilla de no más de 13 años, de aspecto vivaz, que se quedó mirándome interrogadoramente esperando una respuesta.

–“Esto... pues sí. Bueno, en realidad soy radioamateur” Intenté puntualizar.

–“Es lo mismo, ¿no?, me corrigió la chiquilla, observándome como un bicho raro.

–“Sí, más o menos”. Acerté a conceder.

–“Pues enséñamela”, dijo muy decidida, dando un paso hacia delante y plantándose frente a mí.

–“¿Qu... qué?. Tartamudeé. –

-“Qué me enseñes la emisora de radioafi..., digo de radioamateur”. Corrigió a tiempo.

Estaba totalmente desorientado. La verdad es que nunca me había sucedido algo parecido. Lo mío es la radioafición plumífera. Quiero decir que donde mejor me defiendo es escribiendo artículos divulgativos, pero no se me da bien la puesta en escena. Últimamente, pienso que tampoco consigo hacerme entender con la escritura pues ya he oído alguna voces que me tachan de gurú o críptico. Realmente, la telebasura está haciendo estragos en la mente de algunos telespectadores. Su riqueza idiomática está en bancarrota y la capacidad de discernimiento bajo mínimos. Pero no importa, no escribo para ellos, sino para usted, querido lector, que me comprende y me lee. Gracias.

Caramba, otra vez me despisto. Bien, vuelvo al relato. La chica seguía mirándome cada vez más extrañada. Para ganar tiempo le pregunté su nombre.

–“Valeria” dijo con un cierto tono de cansancio, como si un nombre tan bonito le causara pereza repetirlo. Estos segundos de tregua me dieron tiempo a reponerme de la impresión que suponía ser “descubierto” como el vecino radioamateur, así que más tranquilo le dije:

 “- A qué se debe tu interés pro ver mi estación de radio?”

“-En el instituto están dando un ciclo de charlas sobre distintas aficiones y hoy ha venido una persona que nos ha hablado sobre la radioaf..., la radioamateur y he quedado muy impresionada”. ¡Caramba!, pensé para mis adentros, por lo visto las charlas en las escuelas aún surten efecto. Ella seguía hablando y decía:

“- Nos ha dicho que al salir de clase nos fijáramos en los tejados de nuestro barrio, para descubrir una antena como la que nos ha mostrado en las imágenes del retro-proyector. Lo he hecho y, cuando pensaba que no vería ninguna, ha parecido la tuya en el mismo edificio donde vivo. ¡No te puedes imaginar la ilusión que me ha hecho saber que vivo al lado de un radioamateur!” Terminó diciendo estas últimas palabras con la voz algo alterada por la emoción.

EL APEADERO

“Disimuladamente” echaba discretas ojeadas hacia el interior de mi domicilio. Capté la indirecta y le franqueé la entrada. No estaba muy seguro de impresionarla con mi estación de radio. Más bien parece un apeadero que una estación de verdad. Tampoco dispongo de una habitación para mi sólo, ni la deseo. El “cuarto de las chispas”, como algunos radioamateurs llaman el lugar donde tiene instalados sus equipos, hace años que se convirtió en una habitación familiar. Además, la radio que hago tampoco requiere mucho espacio, así que los pocos equipos que tengo están prácticamente integrados en el mobiliario, arropados por los libros de la biblioteca.

Esto no pareció preocuparle mucho a Valeria que enseguida descubrió los aparatos y se dirigió muy decidida hacia ellos. Inconscientemente les pasó una mano por encima como una leve caricia y mirándome dijo: -“Anda, ponlos en marcha. Quiero oír como suenan”.

 –“Mmmm”. Pensé yo. No estaba muy convencido de que lo iba a oír mostraría una imagen acorde con lo que le habían explicado en el instituto, así que me curé  en salud y le pregunté:

-“¿Como estás de inglés?”

–“¡Muy bien!”.  Exclamó alborozada.

–“Bien pues tu bautismo de radioescucha será en la banda de veinte metros en HF, para que veas como se comunican los radioamateurs de todo el mundo”.

Dicho esto, sin darle tiempo a preguntar por el pequeño equipo de V-UHF que estaba observando, conecté el transceptor de bandas decamétricas y seleccioné una frecuencia donde acostumbran aparecer estaciones ‘deeqis’. –“Naturalmente, no podrás transmitir, pero te harás una idea de cómo funciona” Le advertí, al mismo tiempo que le enseñaba como cambiar la frecuencia dando vueltas al botón principal. Ella pegó el oído al altavoz y extasiada fue dándole vueltas lentamente hasta sintonizar muy correctamente un ‘cueseó’ entre un japonés y un holandés. Antes de que abriera la boca, ya había bajado un libro de la estantería que explicaba algo del código cú y los prefijos internacionales. Literalmente me lo arrancó de las manos y empezó a tomar notas en un cuaderno que sacó del bolso.“

-“Es para hacer el trabajo de la charla”. Explicó.

Así pasamos un buen rato. Yo en silencio, observando encantado como una persona tan joven, y mujer por añadidura (algo muy poco usual) mostraba un interés tan inusitado por la radioamateur. Parecía que había nacido para ello. Su conocimiento del inglés y la experiencia en todo tipo de electrodomésticos (cd, dvd, video, tv, pc, teléfonos, etc.) le facilitaba enormemente la comprensión del funcionamiento de los distintos mandos del transceptor. Al cabo de un rato lo manejaba con más soltura que yo. De pronto, noté que se sobresaltaba ligeramente. Rebuscó en su bolso y sacó un pequeño teléfono portátil que vibraba insistentemente. Con un dedo lo paró mientras se levantaba con una cara que reflejaba un enorme pesar.

“-Tengo que irme. He de terminar los deberes y escribir el trabajo de hoy”. Suspiró y, tendiéndome la mano dijo muy convencida:

-“¡Yo también seré radioamateur!” Recogió sus cosas y la acompañé hasta la puerta. Le notaba una emoción contenida, que me contagió y noté como una especie de nudo en la garganta.

“-¿Sabes?” dijo cuando se alejaba del mi rellano, “-Voy a pedirles a los Reyes Magos un equipo de radio para practicar la escucha mientras me preparo para obtener la licencia, según nos han explicado en el ‘insti’ “ Se detuvo y volviéndose exclamó muy sonriente:

-“Gracias” y selló nuestra amistad con un ligero beso en la mejilla. Acto seguido se alejó rápidamente. Cerré la puerta para que viera el esfuerzo que hacía para impedir que la emoción emergiera fluidamente de mis ojos.

Era la primera vez que me sucedía algo parecido. Naturalmente, había participado en multitud de ocasiones en todo tipo de actividades divulgativas. A pesar de no gustarme mucho, había dado conferencias, cursillos, acudido a programas de televisión y durante varios años  colaboré con unos de los programas de radio más antiguo dedicado a la radioamateur. También, como no, había estado de plantón durante horas ante una caseta dando explicaciones a los curiosos que se acercaban a pedir ‘pins’, folletos y demás artículos que se acostumbran e exponer en las ferias de las ciudades y pueblos. Sin embargo, era la primera vez que era testigo de la eclosión de una radioamateur.

SU MADRE

Era a finales de diciembre y los exámenes ocupaban todo el tiempo de los estudiantes del instituto de Valeria. Nos vimos alguna vez, de lejos y ella me saludó con la mano, con una mirada que intuí de complicidad, como si entre ella y yo se hubiera establecido una corriente electromagnética. Pero en ningún momento tuvimos ocasión de comentar nada sobre la radioamateur. Pasaron los días. Yo sabía que, si realmente se había producido el nacimiento de una nueva radioamateur, tarde o temprano, posiblemente durante las próximas vacaciones de navidad, volveríamos a vernos. Por esta razón, me sentí muy feliz cuando oí el timbre de mi puerta. Rápidamente abrí pensando encontrar a Valeria pero no. Era su madre. –“Uf”. Pensé. Espero que no haya habido ningún malentendido. Pero enseguida deseche mis temores. La señora estaba radiante, con un aspecto muy parecido a su hija. Para que no cupiera duda dijo:

 -“Hola, soy la madre de Valeria. La vecina de arriba” dijo, al mismo tiempo que me ofrecía la mano con un  gesto vigoroso.

-“ Mi hija me ha hablado de su afición por la radio y la visita que le hizo. Discúlpela. Es muy lanzada. Espero que no le molestar”.

-“En absoluto, señora” Contesté caballerosamente. –“Fue una agradable sorpresa mostrar a Valeria mi estación de radioamateur” Dije, poniendo especial énfasis en la palabra radioamateur.

-“Estamos muy orgullosos de ella. Es una buena chica y una excelente estudiante. Si las notas son tal como nos tiene acostumbrados, le haremos un buen regalo estas próximas navidades.”

-“Está muy bien”. Contesté yo y añadí –“Tal vez le gustaría poseer un receptor de comunicaciones, teniendo en cuenta su interés por la radioafición”

-“Buena idea” Respondió. Me tendió nuevamente la mano al punto que añadía

-“ Los vecinos no recordábamos que usted es radioaficionado. Está muy bien esto ayudar a buscar medicinas y colaborar en el desfile de las carrozas de los Reyes Magos”. Sonreí pero quedé un poco apenado. Esta era la imagen que persistía en la mente de las personas cuando se acordaban de los radioamateur. Aún había que cambiar muchas cosas. Las actividades socio-culturales seguían ocultando la mejor radioamateur, la científica y técnica.

EL DESASTRE

Las hojas del calendario cayeron rápidamente y casi sin darnos cuenta.  Pasó la noche mágica y todos pudimos disfrutar de los regalos que dejaron los Reyes Magos a su paso por la ciudad. La familia nos reunimos para celebrar el último ágape de las fiestas de invierno. Estábamos degustando el turrón y cava catalán cuando de pronto sonó el timbre de la puerta. Eran toques largos e insistentes, como si alguien tuviera prisa para que se le abriera la puerta. Mientras me dirigía a la entrada me vino a la memoria que podía se mi vecinita Valeria. Tal vez sus padres habían hecho caso a mi sugerencia y le pidiera a los Magos un receptor de radio para ella.

Abrí la puerta y apareció la figura de la madre de la chica.

–“Desgraciado” Me soltó nada más verme. Instintivamente di un paso atrás, sorprendido por la furia que emanaba de la mujer.

“-Ustedes los radioaficionados son un atajo de burros” Me espetó, por si el primer insulto no me había quedado claro. Reaccioné manteniendo la calma y ofreciéndole una sonrisa de circunstancias, al tiempo que le preguntaba que había ocurrido para que estuviera tan enfadada.

–“Los Reyes Magos han traído un aparato de radio a Valeria, tal como usted me sugirió” Dijo con voz trémula.

–“Y...” Pregunté con un hilo de voz.

 –“¿Cómo pueden ser tan mal hablados, tan maleducados, tan ..... tan....” Tartamudeó mientras buscaba un epíteto que describiera su impresión.

 –“¡ Tan obtusos!” Por suerte la señora tenía un buen repertorio de adjetivos y no le hacía falta recurrir a ninguna ordinariez.

Yo no sabía que decir ni de que me hablaba, aunque algo me temía. Intenté calmarla invitándola a pasar al interior de mi domicilio para que se sosegara tomando un poco de turrón y una copa de cava catalán. No se como, pero aceptó. Una vez instalada en la mesa, rodeada de mi familia y tras tomar un sorbo de cava, explicó lo que había sucedido.

Efectivamente, los Reyes Magos habían respondido a su demanda con un precioso receptor, un escáner, dijo ella. De la manera que lo describía me di cuenta que era un  portátil, con antena incorporada, que cubre la bandas de V-UHF. Con tremenda ilusión, Valeria quiso hacer una demostración ante la familia y lo puso inmediatamente en marcha. Le dio al botón de exploración y la mala suerte hizo que captara una señal. Escucharon como alguien saludaba a un tal ‘Errecero’:

-“Hola Errecero, hay alguien?

 Valeria elevó el volumen del altavoz y anunció:

-“Yo voy a ser radioamateur como ellos” Y ahí empezó la debacle. La sala de la casa de la chica se llenó de pitidos y ruidos entre los que sobresalían voces insultándose unos a otros. De vez en cuando, se oía claramente algunas frases de personas provocando a los demás, etc. Valeria, avergonzada, actuó rápida y cambiando de sintonía, dijo que se había equivocado de frecuencia pero el mal ya estaba hecho. Todos habían oído claramente algunos retazos de apodos que les sonaban a los que usan para hablar por radio en las películas. Gracias a la poderosa retentiva y la capacidad de síntesis femenina, la madre de Valeria pudo resumir de esta manera la experiencia:

-“Había uno que llamaban fonético, después uno que se llamaba como el hijo de Trazan, decía buscar maraña, otro que repetía el estribillo “valen-valen”, y otro más que llamaban algo así como cierta marca de cacao en polvo que, cuando hablaba parecía un telepredicador, metiéndose en políticas y religiones, amén de otras muchas voces pugnando por hacerse un hueco para decir sus propias sandeces. Todos revueltos en un batiburrillo de palabras gruesas, insultos, amenazas y salvajes diatribas . Al abuelo de Valeria casi le da un soponcio cuando escucho a un energúmeno silbando el “cara al sol”, mientras que la pobre consuegra estuvo en un trís de vomitar el pavo de la comida cuando un degenerado empezó eructar repetidamente”.

Finalmente, el padre de Valeria salió de su estupor, y arrebató el aparato de su hija diciendo que lo guardaría hasta saber quien era el responsable de tamaño despropósito. Y a esto venía la madre.

-“¿No hay nadie que se responsabilice de este gallinero?” preguntó indignada aún la señora madre de Valeria. Le dije que sí, que legalmente podían exigirse responsabilidades, tanto a los radioamateurs que hacen mal uso de las bandas, como a las asociaciones que instalan emisoras repetidoras colectivas. Pero que también recaía una buena parte de responsabilidad sobre la Jefatura de Telecomunicaciones, que debería actuar de oficio.

Le expliqué que esto que había oído no era normal. Que ignoraba si aquellas personas eran radioamateurs, piratas, o ambas cosas a la vez. Pero, fuera lo que fuese, deberían ser denunciados inmediatamente y desposeerlos de su licencia, si la tuviesen. Le comenté que la radioamateur era otra cosa. Le hablé de la ciencia y la técnica que nos permite transmitir a enormes distancias con aparatos muy sencillos. Hablé de telegrafía, de satélites, de comunicaciones digitales, de concursos, experimentos. Incluso le recordé que algunos radioamateurs estaban en posesión del Premio Nóbel. Le prometí que ayudaría a su hija para que explorara frecuencias más civilizadas. Pareció tranquilizarse y, finalmente, tras tomar un último sorbo de cava, me hizo jurar, con la mano derecha sobre el libro más sagrado tenía a mano  (instintivamente cogí Radio Hanbook) que apadrinaría a Valeria en sus primeros pasos por el mundo de la radioamateur.

LA CONCLUSIÓN

Por la tarde vino a visitarme Valeria. Se la veía divertida, y disculpó el arrebato de furia de su madre. Me contó que había conseguido sintonizar otras frecuencias donde algunos radioamateurs comentaban experimentos técnicos y se ayudaban entre sí resolviendo dudas sobre determinados tipos de radio comunicaciones. Pero no pudo resistir la tentación y me preguntó si lo que había oído en “aquella” frecuencia, era habitual. No descartaba hacérselo escuchar a sus compañeros de escuela, para que se rieran de aquellos adultos mentecatos, que se comportaban como histriónicos descerebrados.

Naturalmente la regañé y ella, con una sonrisa traviesa, contestó imitando cierta voz ronca:  -“Mmmm, valen, valen, valen...”

Hasta los jóvenes más brillantes les resulta difícil sustraerse de la cultura-basura que constantemente se les muestra en la televisión y la radio comercial. ¿De qué manera podía evitar que los futuros radioamateurs se contaminasen de esta “radioafición-basura” que nos está invadiendo sin que nadie haga nada para impedirlo. Aquello es un gallinero con algunos gallos y muchos gallinas. Si aquellos desalmados no tuviera quien les riera las gracias no estarían ahí. Pero también es cierto que lo cutre crea adicción, y cada día hay más adictos a la mezquindad intelectual. No sólo entre los radioamateurs, sino en toda nuestra sociedad.

En estos momentos, existen suficientes herramientas técnicas y legales para poner fin a este espectáculo tan denigrante. El sistema Leila, usado en los satélites para evitar la prepotencia de algunas estaciones, excedidas de potencia, sería una buena solución. Pero, sobre todo, la aplicación de la ley debería ser el principal instrumento disuasorio que impidiera a estos canallas hacernos quedar en ridículo al resto de radioamateurs. Las asociaciones propietarias y sus responsables deben actuar según el Reglamento de Estaciones de Aficionado. Pero es absurdo, por no decir otra cosa, cerrar un repetidor porqué unos pocos, y conocidos, descerebrados hacen un mal uso del sistema, dejando al resto de aficionados sin esta herramienta. Aplicando este ridículo criterio, se sigue el juego a los malvados, que consiguen su propósito, el cual no es otro que la destrucción de la radioafición.

Los equipos de radioamateur solo deberían venderse presentando la licencia oportuna, para no dar facilidades a los piratas. Pero, muy especialmente, las Jefaturas Provinciales de Telecomunicaciones son la responsables últimas de esta desagradable situación. Deberían actuar de oficio, castigando ejemplar y públicamente a los infractores. Con estas medidas, tal vez no conseguiríamos la paz, pero si una buena tregua. En definitiva, esto es responsabilidad de todos, por activa o por pasiva.

ADVERTENCIA FINAL

Todos los personajes y situaciones descritas de este cuento son producto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con hechos reales es pura coincidencia. Esta es una historia imaginaria que pudo ocurrir ayer o tal vez ocurrirá mañana. Agradezco a todos las personas que, de una manera u otra, han colaborado para pudiera escribirlo.

  

LEYENDAS URBANAS: DX VIRTUALES

LEYENDAS URBANAS: DX VIRTUALES

Las Leyendas Urbanas están alcanzando una gran importancia, dentro del mundo mitológico del radioaficionado desinformado del siglo XXI. Les voy a contar una historia que causará risa o preocupación, según sea su disposición filosófica respecto a la radioafición. Recientemente, un radioaficionado se dirigió a mí para plantearme una interesante cuestión. Me contó que había establecido contacto con otro radioaficionado situado por los alrededores de Miami (EE.UU.)

Me habló entusiasmado de la extraordinaria potencia de señal y la claridad de la voz. Se le veía exultante y me preparé para  escuchar pacientemente lo que suponía la narración del primer DX transoceánico de un principiante pero, imagínese cual fue mi asombro cuando mi interlocutor siguió contándome que había logrado salvar la distancia de 7.500 km. con un sencillo portátil de VHF, con la antena de serie y sentado tranquilamente en la terraza de un bar playero, de la costa mediterránea.  

EL RECORD GUINESS 

Mi cerebro empezó a buscar afanosamente una explicación tecno-científica para semejante récord. Una gesta de estas características merecería publicarse en las  mejores revistas especializadas del mundo, así como una portada en los periódicos del estado y numerosas entrevistas ante las cámaras de televisión, amén de algún reportaje científico, que posteriormente se exhibiría ante distinguidas elites de las facultades de telecomunicaciones.  No era para menos. Nadie hasta aquel momento había conseguido cruzar el “charco” usando un portátil de VHF, con una potencia máxima de 5 vatios y una antena helicoidal de no más de un palmo, encima de una mesa de bar. Esto debía figurar en el libro Guiness de los Records.

Ya estaba pensando como redactar la carta al Ministerio de Ciencia y Tecnología, suplicando la concesión de la Medalla de Honor al Mérito de la Radioafición para mi compañero, con la correspondiente recepción oficial ante el ministro de turno, mientras la banda de música de las Jefaturas de Comunicaciones amenizaba el acto con los acordes de una melodía telegráfica, al estilo nokia. 

Las piernas me temblaban ante tanta emoción y, cuando me disponía a iniciar la debida genuflexión para rozar con mis labios la punta de sus zapatos, el héroe tuvo conmiseración de mí y, deteniendo mi gesto con un ademán, siguió con su relato. Me habló compungido de la preocupación que le embargaba porqué, aún con la QSL en su poder,  no le reconocían el contacto. No sólo este, sino ninguno de los que había realizado durante la tarde del sábado con un buen número de radioaficionados europeos, de algunos países sudamericanos e incluso de varias provincias españolas. 

EL MISTERIO 

Yo caí de hinojos, preguntándome en qué momento había perdido el tren de la tecnología. ¿Dónde estaba yo cuando se produjo la alucinante conjunción de propagaciones esporádicas, boreales, lluvias de estrellas, desviaciones del campo magnético terrestre, y erupciones solares, qué propició semejante apertura mundial de propagación? Ansioso por recuperar el tiempo perdido, rogué al protagonista de tamaña hazaña que me ilustrara sobre los pormenores de su experiencia. Que me indicara que libros debía estudiar, que mejoras electrónicas debía introducir en mis equipos, que método operativo empleaba…  

EL DESCUBRIMIENTO 

Él, con un gesto gentil, como queriendo restar importancia a su gesta, me dijo que su experimento estaba al alcance de cualquier radioaficionado moderno. Mal lo tengo, pense, pues a todas luces yo debía ser un radioaficionado anticuado… Con una sonrisa angelical, me animó, diciéndome que sólo necesitaba un ordenador conectado a internet. - Será para descargar el archivo de su estudio empírico, sobre la propagación de ondas métricas transcontinentales. Exclamé azorado- No, no. Respondió un poco turbado ante mi manifiesta estulticia. - Lo único que debes hacer es visitar esta dirección de internet y descargar el programa “esolín  - ¡Claro¡. Razoné para mi. - Debe tratarse de una aplicación informática que calcula matemáticamente las puntas de propagación. - ¡Qué no! Escúchame con atención y deja de babear. El programa que te estoy comentando es para realizar un enlace IP entre un equipo de radioaficionado y la red telefónica de internet” - ¡Qué¡ ¿Me estás diciendo que el gran DX que me acabas de explicar es el resultado de un enlace a través de un repetidor por internet? Exclamé incrédulo. - ¡Claro, hombre! ¿En qué estabas pensando? Por cierto, ¿qué significa propagación? Preguntó interesado el sujeto.  

EL DESENGAÑO 

No recuerdo como puede resistir el acuciante instinto de convertir al individuo que tenían ante mí en un interfecto. Me separé unos pasos de él y sentí como todo volvía a la normalidad. Respiré hondamente y acercándome de nuevo a él le dije suavemente “- Amigo mío, esto que me cuentas NO es radioafición.” Ahora fue él quién retrocedió de un salto varios pasos atrás, exclamando - ¡Cómo que NO es radioafición! ¡ A ver sino! ¡ Para que te enteres, todos estos contactos los hice empleando mi equipo de radio legal, y dentro de las bandas y frecuencias legales asignadas a mi licencia de EB!  ¿Cuál es tu problema? Me avisaron que no debía contarte mis experiencias pues, seguramente, me saldrías con un discurso caduco y rancio sobre la radioafición…! Me soltó a quemarropa. Como ya tengo cierta experiencia en estas lides, me revestí de paciencia y me dispuse a explicarle al diexista virtual,  el significado profundamente filosófico, empírico y científico de la radioafición antigua, actual y futura. Aunque, si he de decir la verdad, desconfiaba de su capacidad para captar tanta sutileza. 

INTENTANDO RAZONAR -

Estimado compañero”. Empecé a decirle.  - Si algo distingue a la radioafición de otros sistemas de telecomunicaciones es, precisamente el uso de las ondas hercianas en sus comunicados. - ¿Y que crees que estoy haciendo yo? Preguntó agresivamente, para añadir a continuación con aires de suficiencia. - Yo utilizo exclusivamente mi equipo de radio para realizar estos contactos. Me esperaba esta salida, porqué es el argumento habitual entre quienes defienden este sistema de comunicaciones, así que enseguida  rebatí  sus palabras. - Tú tal vez si, pero has de saber que tu señal emplea otros caminos diferentes, que no son ondas electromagnéticas, sino que se trata de señales eléctricas encerradas en cables telefónicos. Sólo de esta manera se explica que con un sencillo portátil de mano puedas hablar con radioaficionados del otro lado del mundo. Poco a poco se habían ido reuniendo diversos aficionados a nuestro alrededor que parecían muy interesados en el tema que discutíamos. Uno de ellos, tras presentarse, quiso aportar su pensamiento sobre la cuestión. - Puede que no sea exactamente radioafición, según el término purista, pero es innegable que favorece la aproximación de personas interesadas en las comunicaciones que, finalmente, pueden decidirse a dar el paso y convertirse en radioaficionados”Aparentemente, esto parecía un argumento interesante. Pero para ello se necesitaba aceptar que el fin justifica los medios. En radioafición no debería defenderse el principio de "todo vale", pues es un riesgo demasiado peligroso, así que le pregunté: - ¿Es este el mejor camino para captar gente hacia la radioafición? ¿No corremos el peligro que este sistema desinforme más que informe y la persona termine por creerse que la radioafición es la hermana menor de los chats de internet? Y para dar más énfasis a mis argumentos, añadí: - ¿No será un error apostar por la cantidad en vez de la calidad? Y apostillé. - En realidad, el problema no es, ni mucho menos, la experimentación personal con determinados programas informáticos de telecomunicaciones, sino creerse (o hacer creer intencionadamente) que esto es una modalidad más de radioafición.    

EL MAGO 

Estábamos comentando los pros y los contras cuando apareció un nuevo personaje. El compañero con el cual había empezado la discusión, se dirigió inmediatamente hacia él y, tras una reverencia, le susurró unas palabras cerca de la oreja. El recién llegado escuchó unos instantes y levantó la mirada, clavando sus ojos en mí. Otro compañero que había dado muestras de estar de acuerdo con mis tesis, se acercó a mí y me dijo al oído.- ¡Cuidado! Este es el gurú de la secta “esolín- El personaje, que no había dejado de mirarme fijamente en ningún momento, se acercó majestuosamente, rodeado de una cohorte de acólitos y, a modo de saludo dijo.- De  modo que tú eres el radioaficionado que va en contra del progreso, poniendo en duda las excelencias de nuestro esolin. Con tu actitud impides que la radioafición avance y que los principiantes EB puedan disfrutar de los DX transcontinentales.Yo tragué saliva pero, haciendo de tripas corazón, me esforcé en mirarlo fijamente y le dije. - Nadie, en su  sano juicio, puede decir que yo vaya en contra de la modernización y el progreso de la radioafición pero, el sistema que propones NO es radioafición. Esolín será un buen programa para chatear, via internet, entre radioaficionados, igual que otros parecidos como el Messenger. Tal vez la única diferencia con el MSN es que aquel puede usar “terminales” de radio pero, desde el momento que necesita el soporte del cable telefónico, como medio imprescindible para conseguir estos enlaces, evidentemente no estamos ante una modalidad de radioafición. Ni esolín, ni cualquier otro que pueda aparecer en el futuro, JAMÁS será una modalidad de radioafición. NO existen equivalencias reales con la FM, SSB, SSTV, PSK, RTTY, ATV, CW, etc. El engaño mediante el cual quiere hacérsele creer a un principiante EB que con su portátil, o solamente con un ordenador, puede hacer diexismo, a medio plazo será contraproducente. 

CADUCO Y RANCIO 

Pareció un poco desconcertado ante mis palabras pero, reaccionó inmediatamente de manera airada espetándome:- ¡Tú discurso es caduco y rancio!. Eres una antigualla que se opone al progreso de la radioafición.Ahora sabía de donde provenía eso de “caduco y rancio” Mientras me repetía una y otra vez  sus adjetivos descalificativos, sin aportar ningún argumento mínimamente razonable, yo intentaba organizar mis ideas, sin quitarle ojo a uno de sus acólitos que, armado con un arco y el carcaj de flechas, me miraba amenazadoramente. Por lo visto, se trataba de un excelente deportista del tiro con arco, aunque ignoro que tal debía ser como radioaficionado. Intenté congraciarme con él, ofreciéndole una revista de radioafición, para que se relajara pero, viendo como fruncía el ceño y bostezaba, me di cuenta que había errado la estrategia. Mejor hubiera sido regalarle un tebeo de Mortadelo y Filemón.     

MÁS EXPLICACIONES 

Aprovechando que el gurú estaba distraído, disfrutando de los halagos de sus adictos, intenté de nuevo hacerle entrar en razón. - Estimado señor. La informática e internet son dos buenas herramientas para disfrutar más y mejor de la radioafición. En eso estaremos de acuerdo, supongo. Sin embargo, lo que no puede admitirse, simplemente porqué es absurdo, es la pretensión que una señal, viajando a través de un cable telefónico, sea aceptada como una transmisión de radioaficionado. La Radio, señor mío, está basada, precisamente, en el uso exclusivo de señales producidas por ondas electromagnéticas, que se propagan libremente, desde una antena, por el espacio, entonces…- ¡Tú discurso es caduco y rancio!. Me cortó abruptamente. Que manía tenía el hombre con este par de adjetivos.  Un nuevo compañero, de acento argentino, intentó mediar en la discusión, aportando unos valiosos conocimientos técnicos, que avalaban la tesis que las comunicaciones por cable no tenían nada que ver con la radioafición. Pero inmediatamente fue descalificado por el gurú, a coro con sus incondicionales, prácticamente sin prestar atención a sus palabras. Evidentemente no les interesaban nada que no fuera la transmutación del “esolín” en radioafición. ¿De qué manera podía hacerle entender a ese Mago que la discusión no era sobre el uso de las herramientas informáticas? Que cada cual haga según le convenga, pero dejando bien claro que, mantener contactos a través de una línea telefónica, NO es radioafición. No ponía en duda las ventajas de internet. Lo único que le pedía era que deslindara Radioafición de Internet. Son dos sistemas diferentes. La radioafición emplea, exclusivamente, las ondas electromagnéticas. Internet, básicamente, el cable. Sus medios pueden parecerse en algún momento, pero sus fines son diametralmente opuestos.  Había más gente alrededor, pero nadie quería intervenir. Algunos asentían silenciosamente, como corroborando mis palabras pero, cuando les insinuaba con un gesto que participaran en la discusión, rápidamente miraban hacia otro lado, desentendiéndose del asunto. ¿Miedo? ¿Vergüenza? O, lo que es peor, ¿indiferencia? No lo se, pero lo cierto es que me daba cuenta que estaba en franca minoría. Prácticamente rodeado de adeptos al esolin 

UNA RETIRADA A TIEMPO 

¿Qué podía hacer? Evidentemente pisaba terreno resbaladizo y mi integridad corría peligro. Entre unos que se esforzaban por nadar entre dos aguas y, al mismo tiempo, no mojarse la ropa, cosa harto difícil, y otros manifiestamente agresivos, a la espera de cualquier movimiento sospechoso para coserme a flechazos, mi margen de maniobra era cada vez más limitado. Recordando, el manual de estrategia, escrito por el general chino Sun Tzu, decidí retirarme a tiempo.   

LAS CONCLUSIONES 

Y así lo hice. Liberado de la sensación de sentirme un objetivo, recompuse mis ideas y elaboré estas conclusiones.

1.- Cualquier intercambio de mensajes entre radioaficionados, usando unos medios por los cuales la señal transcurra en parte, o en su totalidad, a través de una cable telefónico, NO puede admitirse como una comunicación de radioaficionados.

2.- La informática y cualquiera de sus aplicaciones, entre ellas internet, son una buena herramienta que ayudan a la modernización y al progreso del radioaficionado pero, en ningún momento deben confundirse con radioafición.

3.- Los radioaficionados, como personas especialmente interesadas por las comunicaciones en general, tienen derecho a experimentar cualquier sistema de telecomunicaciones, pero siempre teniendo muy claro que un sistema basado en enlaces por cable NO es radioafición.

4.- Si está pensando en “bajarse” alguno de los programas que se han comentado en otros números de la revista, hágalo. Posiblemente será una experiencia interesante pero, no se deje engañar. Usted no estará experimentando un QSO real, sólo una conversación telefónica. Su equipo de radio, si lo emplea, que tampoco le hace falta, será un simple terminal, exactamente igual que un teléfono móvil. 

UNA DEFINICIÓN 

Llegados a este punto, decido proponer una definición que delimite claramente el término Radioafición. “Se entiende por Radioafición toda comunicación realizada entre aficionados legalmente autorizados, empleando única y exclusivamente ondas electromagnéticas, transmitidas desde y hacia una antena, en el espacio libre, sin soporte material, dentro de las bandas y frecuencias autorizadas por la legislación vigente”. Esto no excluye la experimentación de nuevos métodos de comunicación radioamateur, como las transmisiones por infrarrojo, lasser, etc. pero, en todo caso, nunca sujetas a la dependencia de un cable telefónico conectado a un sistema informático, en el que intervengan de terceras personas que, de alguna manera, pudieran coartar la libertad de acceso. 

Un equipo radiotransmisor portátil, que envía su señal de radio a una estación base donde es introducida en una red telefónica por cable, la cual llega a otra estación base que se encarga de transformarla nuevamente en señal de radio, y es recibida entonces  por otro transceptor portátil, NO es radioafición. ¡A esto se le llama TELEFONÍA MÓVIL! que también funciona conectando el teléfono móvil a un ordenador y chateando con cualquiera de los programas de moda. La interconexión de la red de radioaficionados con otras redes, es un error. La filosofía de la radioafición está muy alejada de los planteamientos comerciales que mueven las telecomunicaciones. Son dos culturas distintas. La historia ha demostrado muchas veces que, cuando dos culturas entran en contacto, la menor sucumbe y es absorbida por la mayor. La Secretaría General de Comunicaciones nunca debería admitir la conexión de las bandas de radioaficionado a la red de internet o telefónica. Es una aberración que terminaría definitivamente con la radioafición.  

DESPERTANDO 

Estaba pensando como seguir redactando mis conclusiones cuando oí un lejano timbrazo. Alguien estaba llamando por el timbre de la puerta…De pronto tomé consciencia que no era un timbre lo que sonaba sino la alarma de mi despertador. - ¡Cáscaras! Las cinco de la madrugada. Hora de levantarse para acudir al trabajo. Con los ojos pegados por las legañas paré el artilugio y me dirigí al baño, mientras intentaba recordar el extraño sueño que había tenido. Apunté algunos pensamientos sueltos en el primer papel que encontré y, más tarde, entre las leves sacudidas del transporte público, seguí forzando la memoria hasta conseguir este resumen de mi pesadilla. Estaba agotado, como si hubiera estado discutiendo toda la noche, en vez de dormir a pierna suelta, como realmente había sucedido.  

FANTASÍAS  

Esta historia que acabo de contar es pura fantasía. Cualquier parecido con la realidad es una simple casualidad. Los personajes y las situaciones que aquí se relatan son producto de mi imaginación. El programa informático “esolín” no existe. Todo fue un sueño y los sueños, sueños son.   

AGRADECIMIENTOS 

Doy las gracias a todas las personas que, en un momento u otro, tuvieron la paciencia y la amabilidad de contarme sus opiniones, experiencias y anécdotas. También a cuantos me hicieron llegar sus comentarios, sobre los diversos temas que preocupan a los radioaficionados. Sin su ayuda, jamás hubiera podido inventar esa historia.  

PRESENTACIÓN

Empiezo este blog aclarando el significado de la palabra patitieso. Me acojo a la segunda acepción del diccionario on-line de la Real Academia Española, vigésima segunda edición, donde dice textualmente: PATITIESO. 2. adj. coloq. Que se queda sorprendido por la novedad o extrañeza que le causa algo. Lo hago por qué estoy seguro que alguno saldrá por peteneras, más preocupado por la forma que  por el fondo. Pues sí, ésta radioafición que hoy vivimos no deja de sorprenderme y extrañarme cada día. Me sorprende, (¿o debería decir que me apena?), que se haya convertido en algo tan insulso y carente de todos los valores que se dieron en su nacimiento hace ya un siglo y me extraña que siga perviviendo en una sociedad superficial y sofisticada que sólo da importancia a lo aparente. La radioafición de hoy es un simple divertimento, muy similar a jugar con la "Play", con la diferencia que para jugar con la Play no hace falta pasar ningún examen ni poner antenas en el tejado. La radioafición aún sufre las consecuencias temporales de su nacimiento. Marconi tuvo la mala idea de vender su invento a los militares y desde entonces que los radioaficionados estamos en cierta medida sometidos a la disciplina militar cuyo código penal sólo tiene una pena: la muerte para quien se salga de la fila. Es paradójico que la radioafición, que no conoce fronteras y evita (o evitaba) temas polémicos relacionados con la religión, el sexo y la política, esté tan mediatizada por ésta última. El proceso administrativo para conseguir una licencia de radioaficionado es tan largo y plagado de escollos que parece hecho a propósito para desanimar a los pocos que aún se interesan por la electrotécnica aplicada a las radiocomunicaciones. La explicación es que los radioaficionados okupamos un espacio cada vez más valorado económicamente. El espectro radioeléctrico es limitado y muchas empresas desearían hacerse con el nuestro par desarrollar aplicaciones comerciales. En la sociedad actual, basada en la telefonía móvil e Internet, sobramos. O mejor dicho, molestamos. De ahí que la Administración del Estado haga la vista gorda ante la creciente actividad de piratas en nuestras bandas. Las estaciones piratas son una versión poco conocida del mobbing. Taxistas, transportistas, gruistas, cazadores, pescadores, parapentes, cuatroxcuatro, excursionistas, inmigrantes y un larguísimo etcétera deambulan sin temor por nuestras bandas careciendo de la licencia oportuna y sin ningún temor a ser denunciados por Telecomunicaciones. Los piratas no tienen ningún problema para montar sus equipos y antenas, mientras que los radioaficionados legales sufren miles de penurias y malos tratos por parte de las Jefaturas de Telecomunicaciones y las Comunidades de Propietarios, que ponen todo tipo de impedimentos para desanimar al aficionado. ¡Maldito el día que nos dejamos llamar "aficionados!