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EL RADIOAFICIONADO PATITIESO

ANTENAS TÓTEM

ANTENAS TÓTEM

Es frecuente que en todas las manifestaciones culturales y sociales humanas se tienda a la confusión entre la forma y el fondo. Ejemplos clarísimos los vemos diariamente en la interpretación de las religiones, las ideologías políticas y, evidentemente, en casi todos los deportes. En todas ellas, al final, la muchedumbre olvida los principios básicos y construye sus propios ídolos a los que adora y sacrifica víctimas propiciatorias para calmar la ira de los falsos dioses, que no es más que un reflejo de su propia inseguridad.  

En radioafición algo parecido. La masa, con una discutible capacidad hermenéutica, sólo ve la parafernalia de la puesta en escena de determinados actos. No analiza las razones, pero los imita en la forma y, finalmente, crea sus propios tótem a los que se somete y les otorga poderes que necesita para darse  explicaciones.

Salvo algunas raras y poco creíbles excepciones, la cultura universal es masculina y sabemos que el universo del hombre gira en torno a su pene. En todas las civilizaciones se encuentran rastros clarísimos de esta forma de interpretar la vida. Grandes campanarios, minaretes o monasterios con altas torres junto con edificios de centenares de metros que simbolizan la prosperidad del país, o campeones que suben en lo alto de los podios para recibir la aclamación de la multitud que los reverencia.

Los radioaficionados también tienen sus símbolos totémicos que muestran su capacidad adquisitiva o su afición por emular la máxima olímpica: "más alta más fuerte, más lejos" mediante enormes antenas cuya presunta utilidad no justifica el gasto pero que encumbra a su poseedor y lo señala como un ser superior, capaz de llegar donde otros no llegan o, al menos, llegan con más dificultades.

La radioafición se ha convenido en una pseudoreligión laica y totemista para la mayoría de radioaficionados. No les importa en absoluto el fondo, construido en base a la curiosidad científica, la experimentación y la investigación. Les interesan más los símbolos. Para este tipo de radioaficionado, lo importante no es llegar, sino llegar más fuerte que nadie, y si para ello ha de pasar por encima del resto, lo hace sin escatimar esfuerzos económicos, que no necesariamente intelectuales. Si la diosa Propagación no le es favorable, siempre puede contar con la ayuda de los poderosos dioses Dólar o Euro.

Estos radioaficionados, sometidos al imperio del consumismo capitalista desenfrenado no sienten curiosidad, no se formulan preguntas y, por lo tanto, no necesitan respuestas. Les basta con un equipo comercial y una gran antena que les permita atesorar multitud de tarjetas QSL. Éste es su afán, éste es su fin. Ésta es su verdadera afición; el coleccionismo de postales, pero con una gran diferencia. El verdadero deltiólogo se interesa, probablemente, por la historia que hay detrás de cada una de sus piezas. Recuerdos, viajes, culturas, idiomas, vivencias, etc. en cambio, el radioaficionado no le preocupa lo más mínimo la persona que hay al otro lado. La falta de respeto es absoluta como lo demuestra los falsos controles de recepción de la señal que se intercambian entre sí, alegando que se trata de una forma de cortesía que, en si misma, es un escarnio a la radioafición.

A esos radioaficionados no les interesa contrastar las variables atmosféricas que posibilitan los enlaces radioeléctricos, sino las diferencias entre sus transceptores y antenas comerciales. Su alegría no reside en lograr un contacto difícil sino comprobar que su equipamiento es superior al del corresponsal.

La antena es el tótem del radioaficionado de hoy pues simboliza la relación metafísica formada por un caótico complejo de creencias y costumbres acientíficas. El totemismo antenístico no se comporta como una religión propiamente dicha, sino que es el resultado de una adoración ilógica a una pieza que, siendo fundamental, ha trascendido su valor físico para entrar de lleno en un sistema de valores basado en la proyección del yo, de forma parecida a lo que simboliza un vehículo potente frente al resto de utilitarios. El tótem-antena adquiere propiedades sobrenaturales, producto de la mitología que gira en torno al síndrome del radioaficionado desinformado que se caracteriza por un conjunto sintomático formado entre otros por una carencia bibliográfica prácticamente irreversible y una adicción irresoluble a la navegación internáutica sin un criterio claro.

El síndrome de la antena-tótem se autoreproduce y propaga con inusitada rapidez gracias a la intervención de diversos agentes sociales que cumplen su función reproductiva incubada en los nuevos medios de comunicación autorregulados o desregualdos. 

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